Reyna Barrera López

Dra. Reyna Barrera López

Nacida el 13 de octubre de 1939 en la ciudad de México, Reyna Barrera López es doctora en letras, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Catedrática del colegio de Literatura Dramática y Teatro y maestra fundadora del Colegio de Ciencias y Humanidades.
Escritora y crítica literaria, tiene una amplia obra que va de la narrativa, novela, poesía y teatro, cuya trayectoria literaria le ha valido importantes reconocimientos, entre ellos la Medalla Sor Juana Inés de la Cruz (2012) por su trayectoria académica en la UNAM.
Integrante del Consejo Editorial de LeSVOZ, AC, desde 1998; actualmente en retiro laboral, lo que le permite dedicarse a la literatura de tiempo completo.

Fragmento “c” de Biografía, por ella misma.

Nací en la casa número 13, el 13 de octubre de 1939, una noche de luna (que amaneció hasta el medio día del siguiente), llegué a primera hora, después de las doce de la noche en que parecía que la vida se me negaba; traía el cordón umbilical enredado al cuello. Sería el primogénito nieto o primogénita reconocida. Estuvo presente la hermana de mi mamá, médica partera que logró lo imposible, mientras todas las mujeres de la familia lloraban, rezaban y gritaban en una habitación cercana.
Recibí el baño inmediato, en ese momento, la Nana de mi abuela me dio la bienvenida a este mundo embarrando una tuna cardona roja de la cabeza a los pies, pero insistió en mi corazón donde dejó una mancha que me ha acompañado siempre. Sufrí mucho porque cuando me dio el cáncer de mama, al inicio de la primera cirugía, no recordaba de qué lado tenía el corazón y mi mancha de nacimiento, pero la mama que perdí fue del lado derecho, así podría usar el arco sin torpeza ninguna.
Ya nacida, la fiesta estalló y con alegría mi padrino, Evaristo Barrera de la Rosa, fundador del Sindicato de Ferrocarriles Nacionales de México, exclamó “¡Nació como una reina, así se ha de llamar! En el acta y en el bautizo mi mamá insistió con el nombre, para hacer la diferencia: Reina con “y”, de todas maneras me educaron como reinita y me trataron como tal.
Crecí mimada, pero aislada, la soledad me cobijó sin que nadie lo deseara. Mi mamá trabajaba en el Parque Lira, me dejaba muy acompañada, pero sola: mi abuela sorda, mi tía enmudecida en su soltería, Margarita, la Nana de mi abuela, en su vejez y las ayudantes, de entrada por salida; lavandera, ayudante de cocina y mandaderas. Sólo tuve un hermano hasta que cumplí cinco años y después de otros cinco, nació la pequeña hermana.

Nací guerrera, como Coyolxauhqui –monolito “salvado el 21 febrero de 1978” cuando regresábamos de una asamblea en Ciudad Universitaria mi amiga Marta Obregón y yo. Los trabajadores de la Compañía de Luz realizaban excavaciones para el cableado y no sabían qué hacer, ya había más de tres personas queriendo enterarse de lo que pasaba, con el taladro atascado, sin poder mover una piedra que se hacía cada vez más ancha, a una calle de la preparatoria “2” donde daba clases. Entonces vimos aquella piedra de basalto labrado entre otras piedras y tierra. Era más de las doce de la noche, dos locas maestras detuvimos como pudimos: palabras, frases, casi discursos a eso de la una de la mañana para que detuvieran su trabajo.
Entonces recordé que traía mi libreta de direcciones y reuní todas las monedas de 20 centavos para ir a llamar por teléfono a los de Antropología, a los periodistas, de todos aquellos que tenía teléfono, a mi propio periódico, el unomásuno y a otros desde la máscara del anonimato, hasta que se me agotaron los veintes que Marta recogió entre los que llegaban a curiosear. No sabía que era ella, pero toqué su piedra labrada, sentí sus cascabeles y oí su grito de guerra que apenas era un murmullo.
No recuerdo que día fue aquel, febrero 1978, pero llegué a dormir unas horas, a bañarme para ir a dar clases, porque “a las siete soy maestra de pizarrón y puntualidad” decía a mis alumnos del CCH. Vallejo. Desde ese día me he sentido guerrera y lunática, sin que importara el haber dado a conocer, aquel “chisme” de los trabajadores de la luz, cuando pasábamos por la calle de Guatemala, fuimos llamadas por la curiosidad y sin saber que Coyolxauhqui nos esperaba–.

Acabo de nacer y estoy embadurnada de sangre de cactus. Mi mamá me recibe en sus brazos, me llena de mimos y caricias, me da explicaciones de todo el movimiento, de cómo pasó y qué me espera; alcanzo a vislumbrar a la luna, mi mamá me acerca a la ventana y me muestra orgullosa. Estoy cansada, duermo hasta el amanecer de un sol increíble, lo abrazo a mi corazón, donde la luna palpita y decido vivir, cuando el latido inmenso de la tierra me saluda con su aliento de hoja otoñal, me espera un árbol que ofrece granadas abiertas, goterones de dulces semillas rojas.

Aprendí a leer y escribir, fui a la escuela, me enamoré de una niña, Anita González, sobrina de un jugador de básquet, compañero de mi papá. Nunca creí verla en mi casa. Lo deseaba con la fuerza de mis seis años y se apareció de pronto, en el fiestón que mi papá daba por su cumpleaños el 8 de junio. Ella llegó y al reconocernos su tío dijo: “Vayan a jugar”, le di un paseo por la casa, le mostré las plantas más queridas de mi abuela, en fin un paseo por el corredor de macetas, hasta donde había un hueco, la maceta que allí vivía se cayó cuando estaba aprendiendo a patinar y “¡Ni modo!”
Apenas cabíamos sentadas en la barda, la tomé de la mano y la besé en la mejilla. No recuerdo más. A veces pienso que lo soñé. También me enamoré de mi maestra de primer año a la que decían “La Güera Guacuja”, tal vez por eso me gustaron tanto las rubias, hasta quedarme por siempre con una pelirroja.
En el interin de ir a la escuela, leer libros de manera desordenada y con apetito voraz, fue que empecé a escribir pensamientos amorosos como si los dictara un capitán de fragata, un pirata, un espadachín, un príncipe o cualquier otro enamoradizo, ejemplo que leía, veía o escuchaba en la radio de mi abuela.

Mi mamá encontró por casualidad uno de aquellos escrititos y de inmediato me cuestionó, primero dije que no sabía quién había sido, tiempo después cuando encontró otro, negué haberlo visto; para entonces ya hacía otro tipo de letra, pero la pluma y los cuadernos eran míos. Mi mamá me volvió a interrogar, aquella segunda vez dudó mucho de las explicaciones y negaciones. Creo que por ello mi vestimenta cambió tanto: me empezó a mandar a la escuela con un calzón que se amarraba a la cintura con unas tiras tan largas que bien podía darme unas vueltas antes de anudarlas, a veces el moño se volvía nudo y éste se apretaba tanto que ya en mi casa era incapaz de salvarme y orinaba sin poderme controlar. ¿Será por eso que de mayor siempre me he contenido tanto en reuniones, juntas, asambleas, acuerdos, fiestas, cantinas, etcétera? Hasta que llegó Sandra, quien me lleva al baño y abre la llave del lavabo: “¡Éxito total!”

El misterio de los recaditos, se convirtió en poemas, que intercalaba con versos copiados, de esta manera me salvé. Los poemitas iban creciendo, cambiando de amor y aparecieron las cartitas y allí fue imposible declararme inocente. Había empezado la secundaria en la Escuela Nacional de Maestros, ella me llevaba a tomar clases de ballet, en la Escuela de las hermanas Campobello, con la maestra Acosta, quien con bastón en mano daba clases de ballet. Un día que fui hacer una entrevista a una primera bailarina, Sonia Castañeda, me reconoció.
Bailaba “El lago de los cisnes” con música de Tchaikovsky, cuando nos mandaban a ensayar a las alumnas el “pas de quatre”, que tomadas de las manos íbamos de aquí para allá volteando, la cara, de perfil, muy erguidas, aunque casi nos caíamos de las zapatillas de punta. “¡No lo podía creer!” Sonia Castañeda era la hermosa bailarina que participaba con Felipe Segura, como estrellas del ballet, era muy importante, ¿cómo se fijó en mí? una adolescente de 11 años tan desproporcionada –soñaba con ser pugilista o campeón de beisbol, fuerte y duro como vaquero–, pero mi mamá insistía en que estudiara y la maestra de español, se entusiasmaba conmigo, tocaba las castañuelas y daba vueltas a toda falda, no me cansaba de taconear y a ella le gustaba.

Al inicio de la secundaria en La Escuela Normal conocí a dos hermanas increíbles, dos rubias muy bonitas, Queta y Betty de la que por supuesto, me enamoré y a ella no le importó tanto. Nos tomábamos de la mano y así entrábamos a todas las clases, platicábamos muchas cosas, hasta en Biología que nos gustaba tanto. Un día la maestra nos dijo “tomadas de la mano no pueden hacer ningún experimento, si no se sueltan las separo o las saco del laboratorio”. Nos soltamos, pero amarramos con las mismas cintas, nuestros delantales, permanecimos calladas pero nos enviábamos mensajes con todo lo que hubiera cerca: un tubo de ensaye, una catarina –insecto que íbamos a ver en el microscopio–, un portaobjetos en el que escribíamos palabras transparentes o jugábamos con todo aquello que encontrábamos. Una alumna cercana a mi banca, me criticaba, no recuerdo cuántas cosas solía decirme a mí, nada a ellas, porque a veces se agregaba Queta, quien era mayor y cantaba abrazándonos.
Me creía feliz, cuando algo de mi empezó a temblar, era como un miedo interior, como un río que va a llegar. Nunca tuve miedos de niña, ni cuando nadaba en Veracruz y en el mar había tiburones, mis papás me llamaban a la orilla, creía que mi papá me decía que nadara más lejos y mi mamá desencajada me llamaba, creí que como ella no nadaba en mar adentro, se asustaba. Regresé cuando me cansé y todos dijeron cosas, hasta que comprendí que los tiburones andaban por allí. Tal vez por eso nunca tuve miedo del mar ni de los ríos.
Pero ese temblor no paraba, se hacía presente cuando menos lo esperaba, venía por el brazo, algo me avisaba, me recorría sutilmente y se me aparecía, brincaba, la mano izquierda saltaba de improviso. Así luche un tiempo, hasta un día de fiesta familiar en que hice una obra de teatro y la presenté con mis primos y primas en la sala de la casa y con las cortinas tejidas de mi abuela –que eran orgullo de toda la casa. Enfermé.

Dicen que pasaron muchos días, hasta que desperté y pregunté si no iba a ir a la escuela. Me dijeron que estaba enferma, que pronto llegaría mi mamá. Así me pasé mucho tiempo recluida en mi habitación, sin ver a nadie, sin visitas y sobre todo sin leer nada. No sabía cómo sentirme, si odiar a todos o amarlos porque estaba viva y no había muerto, mi mamá a veces entristecía, lloraba por mí y luego se alegraba por ello. Pero nadie me dio un libro. Las visitas eran una por día, así los vi poco: a mi papá, como a mi abuela sorda, que sufría sin poder oírme y a mis hermanos porque eran niños y hacían ruido. No vi a muchas personas, solo a los médicos, enfermeras, mujeres de la limpieza, ayudantes; comía allí dentro. Ni un libro y mucho menos el periódico, una carta o una tarjeta con letras.


Cuando por fin salí, fue al patio de atrás, donde después de algunos días pisé la tierra, que me hizo feliz, entonces mi mamá en agradecimiento me permitió sembrar un árbol. Ese fue el primer árbol que sembré: un pirul. Tiempo después investigué quien era un pirul y por qué la Nana de mi abuela le decía Perú. Tanto lo quería que para mi cumpleaños mi mamá hizo un pastel adornado con ramas de pirul.
Siempre escribí, mi mamá un poco preocupada me regaló un libro, la vida de alguien, enamorada de… pero todo sucede por cartas; así que entendí que la vida emocional sólo se daba por cartas.

Sí, a todas aquellas a las que he amado, les he escrito sendas cartas, las he entregado sin guardar, por educación, una copia. Hasta amigas queridas, profesoras y maestros recibieron misivas mías. Excepto Rubén Bonifáz Nuño quien prefirió los poemas. Así aprobé latín en la Facultad de Filosofía y Letras.

Algunas de las musas se enamoraron de mí sólo por las cartas, otras se enamoraban, sin corresponderme, pero siempre solicitaban cartas, mis amigas, algunas de mayor edad que yo, como Socorro Uriza, con quien trabajé por diez años, decía que no tomaba en cuenta que le contara de mis aventuras y desventuras con otras, siempre y cuando a ella la tuviese al tanto. Murió pidiendo su Carlos Fuentes dedicado a ella, por lo que le entregué mi ejemplar de Obras Completas, dedicado a mí con la firma del escritor a quien saludamos juntas en una de sus presentaciones. Cuando se fue definitivamente, creí que sus deudos me entregarían el libro y las cartas que le escribí, casi medio ciento… espero que de verdad hayan quedado en el olvido.

 

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