cultura lésbica feminista

El valor de escribir memorias
Reconstruir los fragmentos de una infancia marcada por el dolor, la traición y el abandono no es tarea sencilla. Implica mirar hacia atrás con honestidad, con la valentía de quien se atreve a nombrar lo innombrable. Es un acto de profundo amor propio, de afirmación de la vida, y también de liberación. Poner en palabras las heridas del pasado —especialmente cuando esas heridas provienen de experiencias traumáticas como el abuso— es uno de los actos más poderosos que existen. Porque al escribirlas, no solo se reclama el derecho a la propia historia, también se le da sentido a lo vivido, se organiza el caos, y se construye un camino hacia la sanación.
Escribir memorias, especialmente desde el trauma, es una forma de resistencia frente al olvido, a la negación, y a los pactos de silencio que tantas veces perpetúan el sufrimiento. Rosamaría Roffiel ha tenido el coraje de romper ese silencio. De abrir su historia, de mostrarse vulnerable, pero también de evidenciar la fortaleza que ha encontrado en medio de tanto dolor. Este libro es su testimonio, su verdad, y también una voz que se alza por todas aquellas personas que aún no han podido contar la suya.
La protagonista de este relato es una mujer profundamente humana. Con sus miedos, sus heridas, sus luchas internas… Pero también con una ternura, una determinación y una fuerza admirables. A través de sus recuerdos, nos lleva a recorrer una infancia fracturada, llena de sombras y silencios impuestos. Nos permite entrar en su mundo interior, donde el dolor convive con el deseo de sanar, donde el miedo se enfrenta, día tras día, con la esperanza.
En estas páginas hay noches sin consuelo, hay preguntas sin respuesta, culpas que no le pertenecen pero que le fueron impuestas y momentos de absoluto desamparo. Pero al mismo tiempo, también hay luz. Una luz que nace en las redes de apoyo, en las palabras amorosas de sus amigas, donde fue descubriendo que es posible reconstruirse.
Este libro no es solo una historia personal. Es un testimonio universal. Porque en él resuena el eco de muchas otras voces silenciadas, muchas otras infancias heridas, muchos otros caminos de sanación. Cada capítulo es un paso, un avance, un acto de valentía. Cada palabra escrita es una forma de decir: “esto me pasó, y aun así estoy aquí”. Y en esa afirmación simple pero poderosa, hay un ejemplo que abraza, que guía y sobre todo, que inspira.
Sabemos que vivimos en una sociedad que muchas veces falla en los momentos más importantes. En donde el mayor dolor no proviene únicamente del agresor, sino de quienes deberían proteger y no lo hacen. De las familias que dudan, que niegan, que voltean la mirada. Ese rechazo, esa falta de validación, es una herida más profunda. Por eso, cuando una mujer decide contar su historia, cuando se atreve a nombrar lo que tantos callan, está haciendo mucho más que hablar: está construyendo un nuevo lenguaje, una nueva forma de estar en el mundo.
Escribir se convierte, entonces, en un refugio, pero también en un acto de poder. Rosamaría ha transformado su historia en un mensaje claro: sí se puede sobrevivir, sí se puede sanar, sí se puede volver a amar la vida desde otro lugar, más consciente, más libre, más propio.

Desde luego, el proceso no ha sido fácil. La reconstrucción después de una agresión implica coraje, constancia y un espíritu que no se deja quebrar. Implica sostenerse en momentos de oscuridad, buscar ayuda, dejarse acompañar. Rosa María encontró en el acompañamiento terapéutico una herramienta fundamental para volver a habitar su cuerpo, para resignificar sus emociones, y para recuperar la autoestima que un día le fue arrebatada. También encontró en la espiritualidad una guía amorosa que le permitió reencontrarse consigo misma y con un sentido más profundo de la existencia.
Este libro es, por todo esto, mucho más que una narración de hechos. Es un acto de amor. Amor hacia sí misma, primero, pero también hacia otras mujeres, hacia quienes necesitan saber que no están solas, que hay salida, que hay camino después del horror. Es un abrazo extendido, una mano tendida, una voz que acompaña. Es, también, un llamado a quienes rodean a víctimas de abuso: a escuchar con empatía, a no juzgar, a sostener en lugar de dudar.
Cada palabra escrita aquí nace desde la verdad, desde la vulnerabilidad, desde el deseo profundo de compartir algo que puede ayudar a otras personas. Por eso, este libro tiene una dimensión colectiva: al contarse a sí misma, Rosamaría también nos está hablando a todas y todos nosotros. Nos está enseñando que escribir puede ser una forma de sanar, y que sanar, a veces, es el primer paso para volver a vivir con plenitud.
Así que hoy, al presentar este libro, no solo celebramos una publicación. Celebramos el valor de una mujer que se atrevió a mirar hacia dentro, a romper las cadenas del silencio, y a convertir su dolor en fuerza. Celebramos la posibilidad de transformar la herida en palabra, y la palabra en puente.
Las invito a leer este libro con el corazón abierto. A acercarse con respeto, con ternura, con humildad. Porque lo que aquí se cuenta no es solo la historia de Rosamaría. Es también la historia de muchas otras personas que aún están en proceso, que aún están buscando su voz. Y, sobre todo, es la prueba de que, incluso desde las ruinas, es posible renacer… Renacer, con las alas abiertas.


Presentación de “El otro lado del ayer”, por Rita Abreu.
“Hay norte, ¿ya viste? Ya se enojó Papá Dios.” La niña que protagoniza esta historia conoce las palabras que ponen los adultos en boca de Dios. “Hay truenos y relámpagos, uy Papá Dios está furioso”. Sin embargo, ella declara que los Nortes de Veracruz le fascinan: que el viento la despeine y le vuele el vestido, que haga taconear ventanas y puertas; que empuje a los niños como si quisiera jugar con ellos, que levante las olas. Es una oportunidad para que la niña escuche al mar. “Los nortes son fuertes, poderosos. A mí me gustaría ser así.”, afirma (página 19).
Esta niña que se asoma con sus ojos azules desde la portada, se va haciendo mayor y nos va sacudiendo con la intensidad de un Norte. (Por cierto, que para un turista llegar a Veracruz y que te tocara mal tiempo, los famosos nortes, era terrible, y quizá más que terrible, cruel).
“A lo mejor un norte se lleva lejos a mi tío. O a la mejor me lleva a mí, a donde nadie pueda encontrarme…”
La tragedia en su caso, no impide que la niña tenga una infancia feliz, no obstante, los truenos y centellas persistirán hasta el día que se cumpla el conjuro.

¿Cómo se acomoda una verdad incómoda? ¿Cómo se sobrevive al dolor, la culpa, la vergüenza, la rabia? María nos comparte su camino. El abuso sexual marca como un tatuaje que tú no elegiste. Vendrán momentos de mucha luz y olas que parecen engullirla. Vamos zozobrando mientras pasamos página. ¿Vendrá el amor? ¿El perdón? ¿Vencerá el papel de víctima? ¿La paz en el alma?
Es una travesía en la que saldrán los monstruos que viven en el fondo del mar, y a veces en la superficie: adultos sordos, ciegos, cómplices del depredador, o los que miran y no quieren perturbar su mundo, negligentes… Pero la vida no se detiene, el viaje sigue, obstinado, veleidoso, contundente. Cada personaje juega su papel, aunque algunos se queden en el camino, otras cambian de rol: amigas, familia, terapeutas, amores… espiritualidad.
María a pesar de parecer endeble, con voz delgada y bajo volumen es titán. O Titana, para apegarme a los credos que le van dando armas en su epopeya. No quiero llamarla heroína porque el cine de Hollywood nos ha dañado la mente y siempre vemos atributos fantásticos. No es el caso, María es heroína de a pie; es verdad que tiene poderes, pero salen de su enorme valentía interna.
Hizo todo para levantarse, gritar (se puede aún con bajo volumen) cantar, danzar y celebrar, así lo escribe y quien se mete a sus palabras puede dar fe de ello. Si en algo confía María es en la palabra.
“Pobre diario, lo acribillo con mis autoflagelos. Quizá de esto se trata la creación. Tener miedo, estar sola, volver a tener miedo. Abrirte de par en par a cada vivencia, acunarla, anidarla, digerirla. Luego haces un alto, te sientas a escribir, lo que salga, y después, sigues adelante.” (pág. 85).
Dos cosas se propuso María y nos va orillando a tomar a veces su lugar cuando su fuerza flaquea, no quedarse callada, y no traicionar su voz interior, que vaya que esa sí tiene un volumen alto y contundente. Nos lleva, nos estruja, no pretende escuchas-lectoras pasivas… Ahí vamos, salen nuestros propios miedos, nuestros propios rencores, avanzamos…
María huye de la conmiseración, no quiere engancharse con el odio, y ambas cosas no son nada sencillas. Esto requiere pausas, hacer tregua en el camino, contemplar y valorar lo vivido, lo andado. En un punto sublime, María responde a una pregunta significativa: ¿Cómo es amar a una mujer?
“Difícil de transmitir a quien no lo ha vivido. Es un amor que te permite conocerte más, crecer, tocar partes de ti que no hubieras descubierto de otra forma. Es la intensidad compartida. Es un nivel de amistad distinto al que tienes con tus amigas. Un nivel de ternura que te oprime el pecho, te conduce a un llanto sereno, renovador. Es visitar el cielo, y también el infierno. Es entregarte con confianza, aunque en algunos casos te traicionen después. Las energías se funden, juntas se crea una fuerza poderosa, luminosa, que se irradia de forma individual y como pareja. Sientes cómo tu verdadera esencia se libera. Tu capacidad de vivir se magnifica, te sabes infinita, amas todo y a todos. No sé qué más decir.”
María, risueña, bailadora, enamoradiza, toma vida por la pluma.
Rosamaría Roffiel, puso todas sus armas en El otro lado del ayer, la poeta, la periodista y la activista. Así que el libro es a veces un relato y batalla de tormentas, nortes, parajes suaves, y hasta manual de sobrevivencia.
Lo único que resta es agradecer a ella y a Lesvoz, la editorial.






