cultura lésbica feminista

Hace un par de días, mientras preparaba un taller leí sobre la terapia basada en trauma: El trauma no es solo lo que nos pasa, sino cómo lo vivimos internamente. Ocurre cuando una experiencia (violenta, humillante, amenazante o dolorosa) supera nuestra capacidad emocional para manejarla, dejándonos en un estado de vulnerabilidad, shock o desconexión, la idea se me hizo muy interesante por la importancia que le dan a la memoria corporal y a la voz de las sobrevivientes, esto último, fundamental para poder narrar lo que muchas veces, muy dentro de nosotras es un secreto, pero no estoy hablando de secretos como la receta del mole coloradito de tía María, o el secreto de la familia de Nancy, que prepara magistralmente el ponche de frutas para las posadas, estoy hablando de un secreto mas profundo, un secreto que quema, que nos impide dormir, que nos tiene alerta, un secreto que puede involucrar a nuestra familia, casi siempre a la familia, la familia que nos dice: “..de eso no se habla”, o que, en su caso, le dijo a una niña llamada Laura –cuando estábamos en 6° de primaria–, que eso lo había provocado ella… un secreto que esta ahí esperando ser revelado.
Los procesos de sanación, en espacios terapéuticos y en cualquier espacio donde nos acompañemos, no pueden cambiar el pasado, pero sí pueden regalarnos herramientas para poder hablar y narrar, para poder caminar y parar, para mirarnos nuevamente a nosotras, para reencontrarnos.
En esta nueva obra de Rosamaría Roffiel, somos acompañantes, gracias a sus letras, de como ella se abrazó con cariño nuevamente, de sus dudas, de sus miedos, de sus certezas, de como las amigas sanan y salvan, de las risas, de las comidas, de los amores, nos permite cuestionar y reflexionar la historia que estamos tejiendo con nuestra madre, nos introduce a los lugares, como la casa de la abuela, el mar, el puerto, el malecón, los cafés de la parroquia o, en mi caso, el fogón de la casa de Nani María, los abrazos de mi mamá, las carcajadas de mis hermanas, los besos de Ely, que son nuestros, lugares donde esos secretos no alcanzan, no caben, porque están hilados con un amor fuerte, cálido, sabroso.

Con una narrativa íntima y poderosa, Rosamaría, nos invita a explorar el camino de la reconstrucción de su ser, uno muy luminoso, este libro no solo denuncia el silencio que rodea tantos casos de abuso sexual infantil, sino que también se convierte en un testimonio de transformación, de encuentro, porque como está escrito en sus páginas: las sobrevivientes, siempre sobreviven.

El otro lado del ayer… ¿por dónde empezar?
Esta nueva novela de Rosamaría me ha hecho reír, ponerme cursi, enamorarme (más) de las mujeres… pero también, al mismo tiempo, me hizo llorar, frustrarme y enojarme por las injusticias que existen, por la heterosexualidad obligatoria y por el patriarcado mismo. Y es que Rosamaría con esa calidez y precisión en sus palabras, a través de sus propias experiencias pone sobre la mesa un tema que continúa siendo relevante en nuestro país, y en el mundo en general: el abuso sexual infantil.
Seamos honestas, hablar sobre abuso sexual es un tema que continúa siendo tabú pero que es muy cercana a todas las mujeres incluidas niñas y niños. Es un tema del que hay que hablar pero que muchas veces no lo hacemos. Y menos si es desde una misma y lo que se vivió de niña. Y es que, en esas bodegas de recuerdos, como Rosamaría las llama, preferimos ocultar aquello que nos duele. Sin embargo, de esta forma evitamos abrazar a esa niña que vivió, lo que no tenía que vivir. El proceso se trata no de ignorarlo sino de tratar de sanarlo, no de sobrevivir sino de vivir y disfrutar la vida.
Y justamente a través de cada capítulo María, como ella prefiere llamarse en el libro, nos hace navegar en un mar de experiencias tan reales y cotidianas, que es posible espejearse incluso siendo de otra generación o no siendo jarocha.
Espejearse en las cenas y charlas con las amigas, ya sea consolándonos porque nos sentimos profundamente tristes o bien, riendo a carcajadas y burlándose de una por enamorarse de una mujer que no debía, o salir con tu mejor amiga y después preferir ser amigas porque: “es mejor una amiga para siempre que una calentura pasajera”,–aunque yo creo que ambas pueden existir–.
O espejearse en ese raro, pero al mismo tiempo liberador proceso de ir a terapia, de llorar lo que se tenga que llorar, de enojarse con quien haya que enojarse y de liberarse de aquello que cargamos, que muchas veces no contamos, pero de lo cual es necesario desprenderse para recuperarse. Y claro, la terapia psicológica es necesaria pero también la terapia a través de la escritura. Porque, además somos mujeres, y la escritura siempre, siempre, siempre, es política, quizá más cuando se es lesbiana.

Rosamaría no sólo nos permite espejearnos desde ahí, también nos hace cuestionarnos sobre nuestra relación con la familia, en específico con la madre. Sin duda un tema complejo. Porque las relaciones son complejas. Y cuando se trata de mamá, más. Porque hay expectativas, porque hay decepciones y estas últimas, vaya que duelen.
El otro lado del ayer es un viaje de introspección a una misma, a voltear a ver la relación con nuestra madre, con nuestra familia, con nuestras amigas e incluso con nuestras amantas. Porque somos seres que se van construyendo a lo largo de la historia, porque somos seres colectivas que crecen con otras. Es un libro que nos permite conocer más a fondo a Rosamaría y sus procesos de escritura, o incluso conoce más a la Julia de Corramos Libres Ahora, y ahondar en las bugas plasmadas en Amora, esa novela que tanto amamos.
El otro lado del ayer es, sin duda, parte de una genealogía de las mujeres, no solo porque lo ha escrito una mujer, sino porque cuestiona esos cánones masculinos de la literatura y el conocimiento, donde hablar nosotras mujeres de nuestras experiencias, nos han dicho que no es válido ni valioso.
Estoy segura que este nuevo libro acompañará a muchas mujeres que han vivido abuso sexual infantil y muchas que no saben cómo desmarañar esos recuerdos, también a las madres, tías, abuelas que conviven con niños y niñas, quieren prevenir que suceda o acompañar cuando ya sucedió.
El otro lado del ayer también, sin duda, acompañará, así como Amora a muchas mujeres lesbianas. Porque ser lesbiana trasciende las dimensiones de lo sexual, se vuelve una práctica política que nos conecta con la libertad con nosotras mismas y otras mujeres.
Siempre voy a agradecer la escritura de Rosamaría, pues nos lleva de la mano y, –aunque se toque un tema tan fuerte como el abuso– no se vuelve algo insufrible, sino que se puede sentir el acompañamiento en cada capítulo.
¿Qué si recomiendo El otro lado del ayer? Sin duda y profundamente.

Presentación de El otro lado del Ayer de Rosamaría Roffiel
Que gran reto el de hablar de El otro lado del ayer, de Rosamaría Roffiel. Leo su novela, la pauso. Cierto, tengo muchas otras lecturas pendientes, evaluaciones, seminarios…, pero no es eso. Me pregunta por Whatsapp si ya leí, que qué me parece, le respondo que, aunque no he terminado, me gusta su estilo sencillo y claro, sus recuerdos a partir de la mirada infantil. Que es inevitable, con sus palabras, recrear la vida propia y reflexionar sobre lo similar y lo diferente. Con respecto al abuso, pues, duele, le digo. Y me enfermo de una gripe extraña.
Le doy más vueltas, pronto será la presentación en el ITAM.
Así como ella, cuando en la novela habla de la traducción de un manual para un centro de apoyo a mujeres violadas: “Cada párrafo me cimbra; me levanto a tomar agua, al baño, a cualquier cosa para sacudirme tanta realidad”, dice María, la protagonista de la novela.
Podría hablar de las cuestiones formales de la novela, ¿no?, después de todo me invitaron como académica.
Puedo decir que en esta presentación me propongo compartir una lectura crítica y afectiva de la novela.
Que, en términos estructurales, la obra está dividida en cuatro momentos: El ayer, El hoy I, El hoy II y ¿El mañana? Esta organización temporal no es precisamente lineal, traza con ella un recorrido emocional y simbólico. El “ayer” es el territorio del abuso, del silencio, de la infancia marcada por la violencia, pero también es el lugar de las abuelas amorosas, de la lectura como refugio, de los rituales y la cotidianidad veracruzanos, del juego en pandilla, de los trenes. El “hoy” es el tiempo de la reconstrucción, del duelo, de la reflexión, de la introspección. Y el “mañana”, es una pregunta abierta, una posibilidad, una insinuación.
Hay, en la obra, una recuperación del cuerpo como territorio de memoria y también como campo de batalla simbólico, lo que Hélène Cixous[1] denominó “escritura femenina”: una forma de narrar desde el cuerpo, desde la experiencia sensorial, y desde el deseo propio. Esto ya lo habíamos visto en sus obras anteriores, porque Rosamaría fue militante del feminismo de la segunda ola y es pionera del feminismo lésbico literario de México y de América Latina. La autora se inscribe en la genealogía de la escritura feminista con la elaboración literaria de sus testimonios, a lo que podríamos llamar quizá autobiografía novelada, con una voz honesta y valiente.

Desde un enfoque político, la obra cuestiona con fuerza la complicidad estructural que permite la perpetuación del abuso sexual infantil: el silencio de las madres, la pasividad y complicidad de los sacerdotes, la omisión de las escuelas, la impunidad como herencia cultural. María se pregunta ¿por qué nadie hizo nada?, ¿por qué la familia guarda silencio? ¿Por qué su tío puede amenazarla con que por su culpa van a sufrir su abuelita y sus papás?, por qué su mamá con indignación le pregunta: “¿por qué quieres destruir esta familia?”
Sin pretender justificar lo injustificable, pero buscando comprender este mecanismo de silencio, les comparto algunas reflexiones de Sara Ahmed, escritora, profesora y teórica feminista, británica. En un apartado de su libro Fenomenología queer, dice que “la heterosexualidad puede funcionar como el regalo más íntimo y mortífero de los regalos parentales”, sin meterme en recovecos pantanosos para esta presentación, comento que aquí Ahmed se refiere a la heterosexualidad como institución en términos de Adrienne Rich, y reformula las explicaciones de Marcel Mauss, antropólogo francés, con respecto al “don” o “regalo”, Mauss en su ensayo habla de las sociedades arcaicas, pero Ahmed lo aplica para explicar por qué las mujeres buscan complacer a la familia heteronormada. Así como Mauss establece que a una tribu le genera poder otorgar un regalo a otra, que hay obligatoriedad de devolver el aparente obsequio, y que el regalo deja en deuda a quien lo recibe, Ahmed argumenta que la heterosexualidad, en términos de dominio patriarcal, es el regalo que las familias dan a sus hijas, una herencia en valores, amor, aspiraciones, proyectos, orientaciones, esperanzas, formas de habitar y movernos en los espacios, jerarquías familiares, etcétera; rechazar el “regalo” es una traición que amenaza con la ruptura familiar y de herencia, dice Ahmed, ya que se trata de la demanda de que la hija devuelva el amor familiar recibido reproduciendo la línea del padre. Es un sistema de reproducción del patriarcado en el que romper la herencia patriarcal amenaza con la ruptura familiar y se considera una alta ingratitud, una traición, una falta a la devolución del amor otorgado.
Me paro al baño, porque sigo dándole vueltas, el texto me toca, me involucra y quizá por ello me enredo aquí con Sara Ahmed.
Pero lo cierto es que la novela es un documento literario de denuncia y a la vez una meditación ética sobre los pactos de silencio que sostienen la violencia sexual infantil. La novela interpela, desde lo literario, el mandato cultural que calla, minimiza o encubre la agresión sobre todo cuando el perpetrador forma parte del círculo íntimo. El otro lado del ayer, así como Amora, es una obra de compromiso socio sexual; de compromiso en otro sentido, ya no se trata tanto de esclarecer y dar rumbo a la vida de las lesbianas, sino de hacer visible el abuso infantil y clamar por el cuidado, por la vigilancia y por no recaer en el silenciamiento. Ante el silenciamiento, Rosamaría reivindica la escritura no solo como acto de supervivencia, sino subversión y transgresión.
Rosamaría logra recrear la voz de la niña María, de sus vivencias en Veracruz y la Ciudad de México, las que siente oscuras y sucias, y las felices, la va amalgamando con la voz adulta, así como se van amalgamando nuevas experiencias, el amor de pareja y el familiar en el respeto, un camino de luz y esperanza. Su mirada infantil es el vehículo desde el cual se perciben los gestos de ternura de las abuelas, los juegos con la “palomilla”, la violencia simbólica del clasismo y del racismo, la omnipresencia de la religión católica, y también —de forma dolorosamente reiterada— los abusos sexuales cometidos por un tío, dentro del espacio familiar, el que se supondría seguro.
Como en su novela Amora, las conversaciones grupales son entrañables y muy logradas. Si en esta novela se oye decir a María varias veces que su proceso es de individualización, es curioso cómo se perciben también las voces y reflexiones colectivas.
El otro lado del ayer no es solo una historia individual. Es una historia compartida, coral, íntima y colectiva. Es un testimonio con vocación política, que interpela a lectoras y lectores desde la honestidad radical, la dignidad del lenguaje, y la profunda humanidad de quien ha decidido no callar.
El eje que recorre la novela, y la vida de María, es el abuso sexual. Desde antes de su nacimiento, dice María, sus ancestros, nuestros ancestros, se apropiaban de los cuerpos de las mujeres; en su infancia, lo que para otras niñas podría ser velado o latente, se convierte en parte de su realidad, y en el resto de su vida como un tema por resolver, por reelaborar, porque el abuso no se borra, pero se puede elegir cómo vivir con eso, qué se hace con esa parte de la vida, le dice Sara a su amiga María. Así, llega la protagonista lentamente al trabajo de sanación gracias a su acercamiento a la psicoterapia, a la escritura literaria y a la espiritualidad que no se presenta como evasión, sino como posibilidad de reconciliación con la vida. Un proceso de muchos años.

La protagonista va descubriendo su diferencia, su disidencia, su rareza, su afectividad, en un contexto donde los cuerpos femeninos son controlados por instituciones religiosas, escolares y familiares (la institución heterosexual de Adrienne Rich). Las primeras experiencias de atracción hacia otras niñas aparecen con dulzura y placer, pero también con censura y castigo, especialmente cuando las monjas irrumpen para “corregir” lo inaceptable.
Se trata de una obra que desafía las fronteras entre lo literario y lo testimonial, entre lo íntimo y lo político, entre el dolor vivido y la posibilidad de una palabra que lo abrace, lo narre, lo trascienda. Este libro no se limita a contarse: este libro se siente, se recuerda, se re cuenta. Es, en muchos sentidos, una escritura que sana y que nos involucra ética y políticamente como lectoras y lectores.
Como lectora, una se descubre acompañada, interpelada, convocada a revisar su propia historia, sus propios silencios, sus propias memorias. Siento que he tenido que hablar aquí de una manera un poco caótica, porque me siento tocada por sus palabras. ¡Ah qué difícil acomodar tanta realidad!
Dice Rosamaría que está segura de que la de su novela “también es la historia de muchas de nosotras”, y que nos la entrega “con la esperanza de que pueda sernos de alguna utilidad”.
Que así sea, querida. Que esta obra circule, se lea, se discuta y se abrace. Porque en tiempos donde aún se silencia la violencia, decir, escribir, leer y escuchar son actos radicales de ternura y de lucha.
Muchas gracias por tu novela, Rosamaría.
[1] Hélène Cixous (Argelia, 5 de junio de 1937) es una feminista francesa, profesora universitaria, escritora, poeta, dramaturga, filósofa, crítica literaria y especialista en retórica (Wikipedia 2025).






